I

Ese escándalo, esa bulla insoportable es el alma de Santiago, derrumbándose de nuevo.

Los dientes amarillos de la depresión le roen, con tenacidad, ciertos sectores relativamente importantes del alma.

Y apenas se mueve. Se la ha pasado echado en el sofá, todo el fin de semana. Expirando en su casa de millonario. Las teles están prendidas, los equipos de sonido están prendidos, las computadoras, prendidas, pero él no le pone atención a nada de eso, porque él, en suma, y más bien, está apagado. A sus cincuenta y siete tiene un aspecto formalmente atroz. El templo que hay en él ha cerrado sus puertas largas, altas. Es como ir a pescar a un lago muerto.

Somnolencia. Cansancio inhabilitador. Aburrimiento tal que hasta las sillas lo miran con cierta cuota de conmiseración y lástima. Lo que necesita es que un evento prodigioso, milagroso, se emplace en su vida. Lo cuál está lejos de suceder (piensa Santiago). Sobre Santiago, un pie descomunal en forma de bostezo, que lo aplasta con la diligencia con que un asesino aplasta el último tramo de su cigarrillo, antes de cometer su penúltimo asesinato.

Antes por ejemplo le gustaba muy precisamente beber vino, podríamos decir que era un conocedor, un experto del tema. Pero esa manera de ver la vida, esa manera de disfrutarla, esa manera de sacudirse todas las incomodidades con un vino relevante, todo eso fue descartado, junto al resto de prácticas orientadoras de placer. La cava de Santiago sólo recibe visitas de espectros, últimamente.

Tampoco viaja más. Viajar, ¿para qué? Ir en bote, ¿a dónde? Pescar, ¿con quién? Esquiar, ¿con qué fin? Europa, ¿otra vez? Así razona nuestro querido amigo, nuestro apreciable amigo, Santiago.

Como si fuera un filósofo de los amargados, Santiago se rehúsa a tomar un avión, se rehusa a contemplar otras paredes que no sean las propias; pues le gusta gastarlas con la mirada, empalidecerlas con los ojos, hacerlas más frías con el ver. Son más frías y más paredes.

En otros días, hubiera sido la agencia de publicidad la que le hubiera sacado de semejante crisis. Pero Santiago ya no siente por la agencia lo que sentía en otros tiempos. Ese lugar, que él construyó con absolutamente todas sus células, dendritas, músculos, y su justa tráquea, esa agencia de publicidad ya no provoca en él interés alguno. Ya no lo conmueve más. Por su parte –y de manera podría decirse recíproca– la agencia de publicidad camina ella sola, ya no necesita de él para funcionar. El mundo es una uña larga que no termina de crecer jamás, y penetra el cuello de un animal tibio, gradualmente.

Santiago sigue yendo a la agencia, pero estando allí se mantiene distante de todos y de todo. Como que estuviera detrás de una pared de vidrio –ausente. Antes comía con sus empleados; tomaba cerveza con ellos. Era un héroe.

Y no es que Santiago haya dejado de hacer su trabajo. No. Con los clientes mantiene la misma imperturbabilidad, la eficacia. Los clientes siguen dándole cuentas jugosas, el trabajo sigue siendo más o menos respetable. Pero una cruda maleza invisible se ha apoderado de las esquinas de su despacho, una maleza que sólo él mira, que sólo él percibe preocupado, maleza que al principio se tomaba la molestia de arrancar –pero ya no arranca. Ya no lucha contra la maleza.

Es de contemplar a Santiago mientras contempla vacío los variados posters de cine –es cine clásico– que cubren las paredes de su sala: Metrópolis, Citizen Kane, Clockwork Orange, Casablanca… Solían estos afiches despertar en él grandes arrebatos y proyectos. Pero ya no más.

Hay que saber que Santiago es un gran coleccionista. Ha sido acaso su más grande pasión coleccionar, acumular cosas que son parecidas y que, siendo parecidas, son distintas. Lo hace desde chico. Y en su casa encontraremos máscaras africanas, acetatos invaluables, viejas vasijas mayas... De todo colecciona en realidad, permisivamente, gastando dispendiosas sumas de dinero –que por demás no le importa gastar.

El dinero es otra cosa que colecciona: billetes, cuentas bancarias, tarjetas de crédito, propiedades, esas cosas.

El dinero es la colección que le permite agenciarse de otras colecciones.

Pues bien, lo preocupante es que Santiago ya no muestra interés por sus colecciones, ni en particular por su colección de dinero.

Es preocupante –por decir un ejemplo– que ya no esté comprando cuadros, cuando antes los conseguía semanalmente, como si se fueran a acabar. Es preocupante que ya no se decida a caminar por los pasillos de su fantástica residencia, con una copa de vino en mano, contemplando los trazos, las pinceladas, los... ¿Cómo es que las cosas que antes significaban todo para alguien ahora le estorban, hacen bulto? Hay personas a las cuales les gustaría a veces desnudarse, y no tener nada, ni siquiera uñas, ni testículos, ni el poder de decir sí o no.

En otra época, Santiago coleccionaba dados. Lamentablemente, su colección de dados fue hurtada, íntegramente, y vendida a un precio irrisorio, por el hermano de Santiago, Henry, quien es, entre otras cosas, adicto al juego. Es una de las razones –pero sólo una entre tantas– por las cuales Santiago no se lleva bien con su hermano. Pero que quede aquí consignado que la colección de dados era formidable, que todos cuando la miraban dejaban escapar siempre una interjección, un gesto de admiración locuaz. Todavía hay quienes le preguntan a Santiago por su famosa colección de dados.

Allí están los libros, también. Aunque han sido leídos a medias, leídos apenas, o sencillamente no han sido leídos, eso no les quita la cualidad de ser un montón, de sucederse unos a otros incansablemente, en una acumulación millonaria de sílabas, de asonancias, de fábulas fértiles.

Pero últimamente le parecen tan irritantes. Como ya ha sido dicho en párrafos anteriores, Santiago sufre de algún trastorno depresivo –un deseo básico de no ser. Esta clase de ambición aturde a no pocos especimenes humanos, los hace lentos y morosos, y a veces desagradables, y no pocas veces violentos…

Ya ni siquiera el odio de su mujer lo distrae. Que quede establecido que la mujer de Santiago es la persona que más lo abomina en este mundo. Lo cuál no es poca cosa, puesto que Beatriz, ella, tiene una inmensa capacidad de abominar. ¿Cómo es que no se ha inventado aún un concurso, un, pongamos, reality show, que premie a la persona más odiante en el universo? Es algo que merece ser premiado; una cualidad. Así como hay personas que aguantan sumergidos en el agua por mucho tiempo sin la ayuda de un tanque de oxigeno, pues igualmente hay personas que odian atléticamente. El odio es común a todos; pero hay odios más allá de lo ordinario. Beatriz detesta a su esposo con cada uno de sus vellos; con su completo trazado nervioso; con la punta de la lengua y con su clítoris incluso.

No es que tal cantidad de descrédito no quede en alguna medida correspondido; es seguro que él también proyecta pensamientos oscuros sobre la silueta sobretrabajada de su esposa. Viéndolo de cerca, se casaron por las razones más superficiales; superficialmente se acostaron una noche; superficialmente se siguieron acostando a lo largo de una temporada; superficialmente se colocaron en los dedos anulares los respectivos anillos; superficialmente se sentaron a desayunar, día tras día; y profundamente se destruyeron la existencia el uno al otro.

En esta biografía de Santiago y su esposa hay: adulterio, mentiras probadas, traición y casi sangre. En esta historia, maltratos, abusos verbales, y a veces, empujones, forcejeos silenciosos, gritos. Empezaron, como quien dice, a faltarse el respeto. Hundimiento del navío conyugal. La casa, tan grande, se volvió chiquita, asfixiante. Siempre estaban los pasos del otro: amenazantes, posibles. Siempre un cuerpo de más. Siempre un miedo viscoseando en los pasillos, adherido obstinadamente a las ventanas, pegajoso debajo de los sofás.

Santiago, además, no se limita a odiar a su esposa; también está harto de su perro.

Beatriz tiene un perro.

Es una especie de absurda extensión de Beatriz, una propiedad emergente de su carácter. Un perrito de ésos exasperantes, que ladran constantemente. Como son tan chiquitos, no les queda sino la soberbia, para hacerse un lugar en el mundo, y de acuerdo a ésta es que ladran. El pequeño perro, previsiblemente, no obedece a Santiago. Y de todos modos decirle algo al chucho es ya establecer un lío municipal con la mujer, que siempre saca a relucir su arquetipo héroe. Beatriz, en otra vida, fue, acaso, ella también, chucho.

Hasta que un día, un día en que el destino agarra al pobre Santiago sin sus rosados ansiolíticos, el chucho es aventado desde el tercer piso de la residencia. El chucho se siente ángel. Muere fragmentado. La retaliación de Beatriz, ¡proverbial! Aún se cuentan leyendas del desquite... Pero él ya ha emplazado una cierta paz en su alma; la paz duradera, nirvanesca, de haber asesinado a la innoble mascota que le hacía la vida imposible.

Mejor se hubiera casado con Cecilia. A ella sí que la quiso. Y en efecto qué mujer. Personificación de la alegría, del buen gusto, de la pasión carnal. Cecilia conduce a todos los hombres que la tocan a un plano ontológico más avanzado. Por supuesto, al acabarse la relación con Cecilia, ese plano ontológico superior se transforma en una especie de brasa viva, un infierno.

¿Se sabe por qué Cecilia dejó a Santiago? Cecilia dejó a Santiago porque Santiago estaba completamente absorbido, drogado por la publicidad. No había tiempo para Cecilia, entre tanta publicidad. El vellocino de oro de la publicidad. Poco a poco, imperceptiblemente, de modo muy meditado, ella se fue alejando, se fue llevando su perfume, su encanto, su sombra, se retiró tan bien, y con tanta gracia, de la vida de Santiago, que cuando éste abrió los ojos, ya no había nada que agarrar, ni unas plumas por lo menos. Una operación quirúrgica, milimétrica. Qué mujer. Ese año Santiago hizo mucho dinero. Facturó cerdamente. Estaba solo.

Lo despectivo del caso es que Cecilia terminó casándose con otro hombre.

“Si tan sólo…”, se dice, de un modo rojizo, Santiago. Pero en realidad las cosas nunca hubieran podido ser distintas. En el escamoso territorio de la nostalgia, venados e ilusiones agonizan, sin remedio. La luz de la tarde, correlativa al estado de ánimo de Santiago, se desdibuja, cede los muchos territorios. Puede que Santiago prefiera la certera oscuridad al éxtasis del crepúsculo, puede que Santiago prefiera la sucia noche a la camarilla kitsch de colores ofrecida por el último sol, recostado en el sofá que da al ventanal, haciéndose más pequeño, para cuadrar con la imagen de víctima irrevocable.

Lo peor que le pudo pasar a Santiago fue acostarse con Cecilia, fue conquistar ese nuevo parámetro de la felicidad, ese estándar. Santiago tiembla un poco en el sofá, siente que es inútil no temblar a estas alturas. La noche, ahora sí, lo observa. De modo que hay sombras en toda la habitación. Y es casi seguro que el reloj se ha olvidado de dar la hora, ya.

Siendo Guatemala como es, se encontró por accidente con Cecilia algunas veces, en la calle, tras la separación. Catastrófico. Cecilia dolorosamente ajena, externa. Y tan difícil entender que ya no tenía derecho a tocarla, tomarla de la mano, abrazarla, ni olerla.

Por ejemplo, en una ocasión se encontró con Cecilia en una fiesta, pero no estaba sola: estaba en la compañía de su esposo. Y se vio obligado a conocerlo, tuvo que sonreír, y hacer todo lo que estaba en sus manos por no temblar, y mantener un grado de circunspección para no revelar la idolatría, la tendencia violenta que seguía cultivando hacia Cecilia. Terminadas las formalidades, se apartaron. Los estuvo viendo de reojo, mientras las horas pasaban. Finalmente abandonaron la fiesta. Acto seguido, Santiago empezó a alcoholizarse, a desafiar a otros invitados, a caer mal. Se acostó vestido. Se levantó vestido. El sol lo despertó, lacerante; pero más lacerante era el recuerdo de ella, que nunca –ni una vez– lo volteó a ver en toda la maldita fiesta, y estando apenas del otro lado de la sala, y eso, más que nada, esa destrucción de todas las connivencias, era lo que más náusea le daba.

La siguiente vez que se encontró con ella fue en un deli. Pero ahora él ni se acercó; la observó por unos segundos (y el huracán nuevamente, el baile de escombros rotando alrededor del espinazo) para luego salir huyendo, sin comprar ya nada; se subió al carro, y manejó, y continuó manejando, más allá de la ciudad, hasta muy tarde. Se quedó a dormir en un hotel –un hotel de mierda– en un pueblucho en la mitad de la nada, desde donde llamó a Beatriz, para decirle que no llegaría a dormir esa noche. Beatriz asumió que estaba con otra mujer, y se lo hizo saber; y en cierta manera era cierto. En cierta manera durmió con Cecilia, esa noche, no con Cecilia sino con su ausencia. Al día siguiente, el mismo sol que lo había levantado la vez pasada, lo volvió a despertar, el mismísimo sol, intacto, punzante. Las aspas del ventilador del cuarto daban vueltas, pero sin ganas.

Se prometió huir siempre que la viera, se prometió facilitarle el deber al olvido.

Ahora, acostado en el sofá, que da al largo ventanal, en su casa, Santiago comprende que a las luces de la ciudad les da lo mismo el amor.

Unos días después, Santiago se entera por teléfono que su mujer ha caído en estado de vegetaloidización. Pasan los meses; no se levanta.

En cierta forma, Santiago agradece que su mujer haya caído en estado de vegetaloidización. Ya no sufre de ansiedades, cuando antes las tenía a granel. Antes se sentía como un extraño, en su propia casa. Incluso ha vuelto al gimnasio. Come mejor. Fuma menos. En ciertas noches, invita a uno o dos amigos a ver el fútbol, y comen jamones selectos. También lee más. Novelones, thrillers políticos, sobre su mesa de noche. Y a veces se sorprende riéndose solito, cosa que no le pasaba en años.

Si el ánimo regresa, ¿por qué no ha de regresar la dicha incluso? Santiago comienza a sentir una especie de alegría, primero imprecisamente, luego con remozada claridad.

Santiago nunca hubiera pensado que hablarle a su mujer podía ser tan divertido; nunca asumió que contarle su día en la oficina podía ser tan profundo; nunca pensó que Beatriz pudiera ser tan receptiva. Santiago intuye, por las noches, mientras le habla a su esposa vegetaloide, que el estado de vegetaloidización de ésta es otra forma de sacarse la lotería, otro golpe de lo bello–inverosímil. Si los humanos fueran más inteligentes, entenderían que el estado de vegetaloidización es una compensación, un equilibrio espontáneo destinado a reformar el caos de las cosas.

Santiago, que sólo unos meses antes cultivaba el hábito de querer morirse, y necesitaba de ciertas pastillas para no matarse, ahora está inundado de ganas de vivir. Es auténtica alegría para él estar al tanto de lo que le sucede a su esposa, en horizontalidad permanente. Este factor de gozo es tan nuevo para él, que se le ve bailando en la cocina, en la ducha, en el carro moviendo los brazos, como un loco.

Beatriz –dada su condición– duerme ahora en cuarto aparte, pero a él le da por ir a acostarse con ella, y prender la tele, ver las noticias, un partido, y hasta un programa de esos que ella ama tanto. La abraza. Se queda dormido a su lado. No comprende cómo hay puercos que buscan amor fuera de casa, teniendo esposas.

También le lee cosas: noticias, libros. Ella escucha, paciente, abstracta, vegetaloide. En ese cuarto de Beatriz se escucha la voz de Santiago, ronroneando: exclusiva, devocional: un rezo. Esas palabras y las de la noche anterior y las de la noche siguiente conforman un rezo apacible: amortajante. Se puede ver que Santiago ha sido transformado de modo radical por la condición de su mujer. El Santiago dispéptico y amargado se ha borrado de tajo.

Tomando jugo de manzana, en la cocina, a las tres treinta y tres de la mañana, se le ocurre la más gigantesca de las ideas: ¿no sería perfecto si él podría dedicarse a eso, exclusivamente a cuidar de Beatriz? Y no sólo cuidarla a ella, sino a otros como ella. Después de todo, deben de haber muchas familias que no pueden hacerse cargo de algún esposo, algún hijo, algún hermano caído en estado de vegetaloidización.

“No es nada sencillo el tratamiento: requiere tiempo, mucho dinero”, razona Santiago.

“Pues yo tengo tiempo, y sí, tengo mucho dinero”, continúa Santiago.

“Entonces, ¿no sería factible que yo ofreciera mi tiempo y mi dinero a estas familias para que ellas me cedan a sus parientes”, concibe Santiago.

Santiago se sirve un vaso de leche en la cocina silenciosa, gigantesca, y solitaria. “Lo mejor es no decírselo a nadie”, advierte de pronto Santiago. “Es una idea demasiado buena como para compartirla con otros.” “Y siempre hay personas envidiosas allá afuera… hacen cualquier cosa por destruir la felicidad de uno…” “Lo mejor es guardarlo todo en secreto…” “No decir nada…” “De lo contrario van a empezar a hablar…” “A murmurar…”

“Ya está. Lo he decidido”, comenta a nadie precisamente Santiago, salvo a las paredes decoradas con una katana samurai, un tríptico de la Virgen, y la ciclópea obra de un artista cubano…

La bata de Santiago se desliza por los pisos relumbrosos mientras éste avanza por su vasta casa. Tiene algo de fantasma, Santiago, algo de ánima cruzando los pasillos nocturnos.

Santiago ingresa al cuarto de Beatriz, para ver si ella está bien. En efecto: silenciosa, virginal, Beatriz duerme. “Tendría que colocarle una diadema”, se dice Santiago. Ahora Santiago se dirige a su cuarto, se acuesta en su propia cama, a la vez que imagina… En su cabeza, ya ha conseguido a decenas de vegetaloides… Los vegetaloides son los receptáculos perfectos: no oponen resistencia: simplemente se dejan llevar y llevar.

––Estoy experimentando uno de esos momentos de claridad –concluye Santiago.

En los siguientes días, a Santiago se le mira rumiante, distraído.

–Señor Bonilla, no ha tocado su almuerzo.

La secretaria de Santiago no sabe qué le pasa a su jefe.

–¿Estás bien? –le pregunta el socio a Santiago.

Pero Santiago no es el mismo de siempre.

Su Socio se Preocupa. Hay algo Raro en Santiago.

Se nota por la forma en que lleva la taza de café, en que sube pesadamente las escaleras. La totalidad de sus intenciones reviste un aura de demencia y ridiculez. Sus actos ya no proceden de ningún orden, de ninguna jerarquía visible.

Santiago ha faltado ya por lo menos a tres reuniones significativas, una de ellas con los de la inmobiliaria, otra con el candidato político, y la última para discutir si se quedaban o no con el actual contador. Afelpado, solipsista, hamletiano Santiago.

Por las noches, Santiago le cuenta cosas a su mujer, a la luz de la lámpara. ¿Qué cosas le dice Santiago a su mujer?  
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